Del 17 al 21 de agosto tuve la oportunidad de regresar por tercera vez a Guatemala, gracias a Ma Baker and Chef, en un viaje que terminó siendo mucho más que una serie de clases de pastelería. Fueron días de carretera, de conocer personas, de descubrir nuevos sabores, de compartir técnicas y, sobre todo, de recordar por qué me gusta tanto enseñar.
El objetivo del viaje era visitar distintos departamentos de Guatemala para compartir técnicas de artes plásticas aplicadas a la pastelería y la repostería creativa. Durante esos días estuvimos en Huehuetenango, Cobán y Petén, lugares que, aunque pertenecen al mismo país, me hicieron sentir en ocasiones que estaba conociendo mundos completamente distintos.

Algo que siempre me ha gustado de Guatemala es la riqueza que existe en su gente, sus costumbres, sus lenguas y sus ingredientes. En este viaje lo pude vivir todavía más de cerca. Conforme avanzábamos de una región a otra, cambiaba el clima, cambiaba la vegetación, cambiaban los alimentos y también cambiaba la manera en la que las personas se relacionaban con su entorno.

Había recorridos de más de ocho horas y, aunque por momentos fueron cansados y algunas carreteras hicieron que los traslados fueran un poco más complicados, también fueron una de las partes que más disfruté. Desde la ventana podía ver cómo el paisaje se transformaba poco a poco. Pasábamos por zonas llenas de bosques y calor intenso, después entrábamos en lugares mucho más húmedos, con vegetación más abundante y paisajes que comenzaban a sentirse como selva. Durante el camino también podía ver animales libres entre los campos y las carreteras, y eso hacía que cada trayecto tuviera algo especial.
Pero lo que más me marcó fueron las personas.
En cada lugar encontré alumnos muy cálidos, que me recibieron con muchísimo cariño, con disposición y con unas ganas enormes de aprender. Eso, para mí, cambia completamente una clase. Cuando alguien llega con curiosidad y con el deseo de hacer algo nuevo, inmediatamente se genera una energía distinta en el salón.

Y así como ellos me recibieron con tanto cariño, yo también quise llevarles un pedacito de México. En cada uno de los departamentos que visitamos, a cada alumno y a cada persona de mi equipo les compartí dulces mexicanos para que pudieran disfrutarlos. Llevé mazapanes, banderitas, cocadas, palanquetas, Pulpín, Duvalín y otros dulces que forman parte de los sabores y recuerdos con los que crecí.
Para mí fue muy bonito ver sus reacciones al probarlos. Algunos sabores eran completamente nuevos para ellos y otros les causaban curiosidad por sus colores, sus formas o la manera en la que estaban elaborados. Compartir esos dulces fue una forma sencilla, pero muy especial, de acercarles un poco de mi cultura, así como yo estaba aprendiendo y disfrutando tanto de la de ellos.
Antes del viaje les presentamos algunas propuestas y fueron ellos quienes eligieron las técnicas que querían aprender. Una de ellas fue floristería con hoja de arroz y la otra acuarela aplicada a la pastelería.
La hoja de arroz resultó particularmente interesante porque en muchas de las zonas que visitamos la humedad es muy fuerte. En pastelería el clima importa muchísimo y a veces una técnica que funciona perfectamente en una ciudad puede complicarse completamente en otra. Para mí era importante que lo que aprendieran no funcionara solamente durante la clase, sino que realmente pudiera servirles cuando regresaran a sus casas, a sus talleres o a sus negocios. Trabajar con hoja de arroz les daba una alternativa para crear piezas decorativas y flores de una forma mucho más sencilla y eficiente dentro de las condiciones en las que ellos trabajan.
Con la técnica de acuarela quería mostrarles otra manera de entender un pastel. No solamente como algo que tiene que verse bonito, sino como un espacio en donde también se pueden aplicar conceptos de arte, color, composición y expresión. Me interesaba que pudieran ofrecer a sus clientes algo distinto, una propuesta mucho más artística, que no se quedara únicamente en decorar un pastel, sino que tuviera una intención y un significado.
Una de las cosas que más disfruté fue ver cómo poco a poco los alumnos comenzaban a sorprenderse de lo que podían hacer con sus propias manos.
Al inicio siempre existe un poco de inseguridad. A veces alguien piensa que no sabe pintar, que no tiene suficiente experiencia o que una técnica parece demasiado complicada. Pero después empiezan a trabajar, a seguir el proceso, a experimentar, y llega un momento en el que se dan cuenta de que sí pueden hacerlo.
Eso fue exactamente lo que pasó.

Cada alumno comenzó a construir su propio proyecto y, aunque todos estaban utilizando las mismas técnicas, ninguno terminó haciendo exactamente lo mismo. Y eso para mí es muy importante.
Siempre les digo a mis alumnos que no quiero que hagan una copia de lo que yo hago. Quiero que aprendan la técnica, que entiendan el proceso y después que hagan algo suyo. Pasteleros hay muchos y pasteles también, pero cuando una persona logra poner sus emociones, sus ideas y su propia forma de ver las cosas dentro de lo que crea, entonces comienza a aparecer algo que realmente la hace única.
Eso es lo que más me gusta descubrir cuando enseño.
Ver el talento que muchas veces ni siquiera ellos mismos sabían que tenían.
Durante el viaje también tuve la oportunidad de aprender muchísimo de ellos. Conocí ingredientes, costumbres y tradiciones que forman parte de cada región y que me hicieron entender todavía más la diversidad que existe dentro de Guatemala.
Algo que también me encantó probar fueron las tortillas de maíz. A simple vista pueden parecerse a las tortillas que comemos en México, porque tienen una forma muy similar, pero en cada uno de los departamentos que visitamos eran mucho más gruesas y tenían una textura completamente distinta. Me llamó mucho la atención descubrir cómo un alimento que parece tan cotidiano puede cambiar tanto de una región a otra y tener una personalidad propia dependiendo del lugar donde se prepara.

En Cobán probé alimentos tradicionales de la región y conocí más sobre el cardamomo, un ingrediente que tiene una presencia muy importante en esa zona y que utilizan de diferentes maneras. También conocí más sobre la Monja Blanca, una orquídea que representa algo muy especial para Guatemala.
En Huehuetenango probé dulces tradicionales elaborados a base de azúcar y manía, y durante el recorrido también aprendí un poco más sobre el significado del quetzal y la importancia que tiene como símbolo dentro de su cultura.

Hubo sabores que inmediatamente despertaron mi curiosidad, como el cacao fresco y natural, y también bebidas tradicionales como la Quetzalteca, que se disfruta mucho en celebraciones y que existe en sabores como sandía, Jamaica, tamarindo y otros más.
Cuando uno trabaja en gastronomía es muy difícil conocer un ingrediente sin comenzar a imaginar todo lo que podría hacerse con él. Pruebas algo nuevo y automáticamente comienzas a pensar en sabores, texturas, colores o en cómo podrías incorporarlo a una creación. Creo que eso es algo que nunca desaparece cuando realmente te apasiona lo que haces.
También hubo dificultades durante el viaje. No siempre teníamos el control completo de todos los materiales o ingredientes y en algunos momentos tuvimos que resolver sobre la marcha. Pero incluso eso terminó siendo parte de la experiencia, porque tanto los alumnos como todo el equipo siempre tuvieron una enorme disposición para encontrar soluciones.
Y creo que eso también es parte de ser repostero.
No todo va a salir siempre exactamente como lo planeaste.
Hay veces que tienes que improvisar, modificar algo, intentar nuevamente y encontrar otra manera de llegar al resultado. Al final, lo más importante era que cada alumno pudiera terminar su proyecto y, sobre todo, entender cómo hacerlo nuevamente por su cuenta.
Algo que hizo este viaje especialmente significativo para mí fue poder llevar estas técnicas a lugares que se encuentran alejados de las grandes ciudades.
Hay personas que quieren aprender y seguir capacitándose, pero que no siempre tienen las mismas posibilidades de trasladarse, encontrar determinadas clases o acceder a ciertos conocimientos. Por eso, para mí, ir hasta sus ciudades tenía un significado diferente.
No era solamente que ellos vinieran a aprender conmigo.
Era yo ir hasta donde ellos estaban.
Y eso me hizo pensar mucho en el alcance que puede tener enseñar.
Una técnica nueva puede convertirse en un nuevo producto para un negocio. Puede ayudar a alguien a ofrecer algo diferente. Puede darle más seguridad en su trabajo. Puede incluso ser el comienzo de algo que todavía no imaginamos.
El 21 de agosto llegó el momento de terminar el recorrido y despedirme de todos.
Sentí nostalgia.
Después de varios días trabajando juntos, viajando, aprendiendo, resolviendo problemas y compartiendo tantas horas, inevitablemente se crea una conexión con las personas. Y cuando termina la última clase y empiezas a guardar los materiales, sabes que esa experiencia ya llegó a su final.
Me dio un poco de tristeza despedirme de mi equipo y de mis alumnos, pero también sentí mucha satisfacción.
Pensé en todo lo que habíamos hecho durante esos días y en todas las personas que ahora tenían una nueva herramienta en sus manos. Quizá alguno de ellos utilice la técnica en su próximo pastel. Quizá alguien la adapte a su propio estilo. Quizá otra persona termine desarrollando algo completamente diferente.
Y creo que ahí está una de las partes más bonitas de enseñar: nunca sabes hasta dónde puede llegar algo que compartiste en una clase.
Cuando yo comencé en el mundo de la pastelería y la repostería no tenía todos los medios ni todo el conocimiento que hubiera querido tener. Muchas cosas tuve que aprenderlas experimentando, equivocándome y volviendo a intentarlo.
Por eso hoy para mí enseñar significa mucho más que mostrar cómo se hace una receta o una decoración.
Significa darle a otra persona herramientas para que pueda crear.
Significa hacerle entender que con sus manos puede construir cosas maravillosas.
Significa compartir algo que he aprendido durante toda mi vida y que, de alguna manera, ya se convirtió en parte de mí.
A veces pienso que eso también forma parte de mi legado.
Los pasteles se terminan. Las clases terminan. Los viajes terminan. Pero el conocimiento que dejas en alguien puede quedarse durante muchos años y puede pasar después de una persona a otra.
Y si algún día alguien me recuerda, me gustaría que fuera así: como alguien que le enseñó que podía seguir creciendo, evolucionando y creando.
Yo fui a Guatemala pensando que iba a compartir técnicas de repostería, pero regresé recordando una vez más que enseñar también significa aprender de las personas, conocer otras formas de vivir, escuchar nuevas historias, compartir un poco de tu propia cultura y dejar un poco de ti en cada lugar.
Gracias a cada persona que me recibió, a cada alumno que confió en mis manos para aprender algo nuevo y a todos los que hicieron posible este recorrido.
Regreso con muchísimos recuerdos, nuevos sabores, nuevas ideas y, sobre todo, con la satisfacción de haber podido compartir un poco de algo que amo profundamente: crear y enseñar arte comestible.

